El contenedor de Darkfield con guirnaldas de luces en un terreno a oscuras

Blog Step into the DarkVerse

Darkfield

Gijs Geers 13 min de lectura

Darkfield, lo que me faltaba por tachar de mi lista de deseos

No recuerdo exactamente cuándo oí hablar de él por primera vez, pero desde ese momento visitar Darkfield ocupaba un puesto muy alto en mi lista de deseos. Un experimento itinerante que aparece en festivales de todo el mundo y que ahora iba a instalarse en Londres. Tenía que ir y, aunque no tenía ni dinero ni tiempo, compré las entradas. A veces hay que saber poner prioridades.

En busca del secreto

Desde los inicios de DarkPark busco qué es exactamente lo que quiero crear. Eso va más allá de los escape rooms, aunque sí intento ensanchar los límites de lo que es un escape room. Para mí, un escape room es una forma de teatro, pero en lugar de ver a los actores desde una butaca de terciopelo, en nuestros escape rooms el protagonista de la historia eres tú. Y, por mí, eso no tiene por qué ocurrir siempre dentro de un marco rígido. Si de mí depende, un escape room puede ser mucho más de lo que hemos visto hasta ahora. Esa búsqueda me parece interesante. ¿Hasta dónde se puede llegar? ¿Dónde está el límite y en qué punto puedes afirmar con seguridad que algo ya no es un escape room?

Como parte de mi investigación, viajo por todo el mundo para conocer formas de entretenimiento inmersivo en el sentido más amplio de la palabra. Pueden ser escape rooms en el extranjero, un museo con elementos interactivos o una obra de teatro experimental, pero a veces (y eso es lo que espero cada vez) te encuentras con algo que nunca antes habías vivido. Es mágico, y a veces hasta te abre la mente. De repente descubres algo que no solo nunca habrías creído posible, sino que además cambia de raíz tu forma de ver la vida.

Ese es el tipo de experiencias que yo también quiero crear, pero lo que a una persona le llega muy hondo puede ser para otra una experiencia superficial, y al revés. Todos somos diferentes. Cada uno hace su propio viaje y tiene sus propias trampas, miedos, sueños, bloqueos y detonantes. Y, aun así, también tenemos cosas en común. Hay cosas que nos tocan a todos o, al menos, a una gran parte de la humanidad. Atrocidades extremas, pero también cosas bonitas. Eso es lo que busco. Esos pequeños matices del teatro, de los escape rooms, del entretenimiento, de los experimentos teatrales y de las experiencias especiales a los que cualquier persona es sensible. Busco el secreto.

Ese secreto lo he encontrado ya muchas veces. No es un único secreto: son pequeñas revelaciones. Joyitas minúsculas que, de repente, hacen que sientas cómo se te abre el corazón. Intento atrapar esos momentos y trasladarlos a las historias que yo mismo quiero contar. ¿Es eso robar? Creo que no. Mi madre me dijo una vez, hace años, que todo el conocimiento, la sabiduría y la inspiración ya existen; solo tienes que abrirte para poder recibirlos. Es de todos y está ahí para que lo recibamos cuando lo necesitemos. Así, entre todos, seguimos construyendo sobre lo que otros ya descubrieron y creamos una y otra vez nuevas formas de ideas milenarias. Lo que hago con DarkPark no es único: el conocimiento y las ideas ya existían, pero la forma que yo les doy sí lo es.

Darkfield

Y allí estaba yo, con mi preciosa mujer, Sanne, atravesando un parque de Londres oscuro como boca de lobo. Al final de ese parque me esperaba algo que tachar de mi lista de deseos, una visita a Darkfield, y mientras nos abríamos paso en la oscuridad, crecían mis expectativas, mi esperanza de descubrir una nueva joyita.

Darkfield es una compañía creativa que, como yo, busca nuevas formas de teatro inmersivo para que la gente viva algo nuevo, para hacerle sentir algo. Lo hacen con sonido, dentro de enormes contenedores marítimos. Cada contenedor de Darkfield tiene su propio tema, su propio concepto y su propia historia. Lo único que tienen en común es que todas las experiencias transcurren en la más completa oscuridad, así que dependes por completo de lo que oyes. No hay actores: todo ocurre dentro de tu cabeza.

Sanne y yo nos acercábamos al final del parque oscuro y, entre las copas de los árboles, ya veíamos las guirnaldas de luces y la silueta de los contenedores, de un blanco impoluto, colocados en círculo. Juntos formaban una especie de patio y, en el centro, había dos contenedores apilados uno encima del otro. En el de arriba ponía «DARKFIELD» en grandes letras negras y estilizadas. Allí vendían las entradas, pero yo, claro, las tenía desde hacía mucho. ¡Ya no pensaba dejar que nada se interpusiera entre mi lista de deseos y yo!

Esas mismas letras negras aparecían también en los demás contenedores, para que vieras enseguida a qué contenedor de Darkfield tenías que ir: EULOGY, ARCADE, FLIGHT y COMA.

Hacía frío, y eso no ayudaba, pero con las guirnaldas de luces y los nervios de toda la gente que esperaba en el recinto, expectante por lo que iba a pasar, aun así había ambiente de festival.

EULOGY

Nos escanearon las entradas y nos dieron una tarjeta con el nombre de nuestra suite personal. Y es que EULOGY transcurre en un hotel. En mi tarjeta ponía Alzheimer; en la de Sanne, Darkmoore. Nombres raros para unas suites de hotel. Entramos en el contenedor, en penumbra, y nos encontramos en el sótano del hotel. A lo largo de las paredes había dos largas filas de carros jaula con los nombres que figuraban en nuestras tarjetas. Sabía que a Sanne le daba respeto, así que me asusté al descubrir que tenía que dejarla en un carro jaula al principio de la fila y seguir buscando mi propio sitio, que resultó estar al fondo del todo. Me senté sobre la rejilla. A mi lado colgaban unos auriculares. Me los puse. Se apagó la luz. Estaba solo.

«¡Bienvenido a Darkfield!», me dije. «¡Venga ese espectáculo! ¡Déjame con la boca abierta! ¡Cumple mis expectativas!».

Todo estaba en silencio. Todo estaba a oscuras.

Delante de mí sonaron pasos. Un hombre empezó a hacerme preguntas y yo tenía que contestar en voz alta por el micrófono que llevaban los auriculares. «¿Eres hombre o mujer?», «Hombre», «¿Comes pescado alguna vez?», «Sí», «¿Te da miedo hablar delante de un grupo grande?», «No».

De repente, una voz me susurró al oído derecho. Una mujer. «No te asustes, te voy a llevar conmigo». Mientras la voz del hombre seguía haciendo preguntas, noté cómo tiraban de mi carro jaula hacia atrás y se lo llevaban lejos de los demás y del hombre de las preguntas. Seguramente me metieron en un ascensor, porque oí un timbre y unas puertas que se cerraban. El suelo empezó a vibrar y el ascensor me llevó a una planta más profunda del hotel. A una capa más profunda de mí mismo.

Lo que vino después fue un viaje por los pasillos del hotel, junto a la voz de mujer que me susurraba. Una y otra vez volvíamos al ascensor para bajar una capa más.

De pronto me di cuenta de que empezaba a preocuparme por Sanne, allá en la otra punta, en la más completa oscuridad, sin saber en qué se había metido. ¿Cómo estaría? ¿Se habría quitado los auriculares y estaría esperando sola a oscuras a que aquello terminara? No podía ir con ella. Estaba todo oscuro como boca de lobo y nos habían dado instrucciones claras de quedarnos sentados. Tenía que dejarme llevar.

No quiero desvelar nada más de la aventura. La voz y el ascensor me llevaron a capas cada vez más profundas de mí mismo, y las respuestas que daba por el micrófono resultaron ser decisiones que marcaban mi viaje. De repente se encendió la luz. Delante de mí estaba sentada una señora que se asustó tanto como yo y que, claramente, sentía un poco de vergüenza por ese único segundo en el que yo había visto su verdadero yo y ella el mío, antes de que los dos volviéramos a ponernos la máscara a toda prisa.

Los carros jaula seguían en su sitio, bien alineados. Nunca había estado en ningún otro lugar: todo había ocurrido dentro de mi cabeza.

Salí y me encontré a Sanne con una mirada radiante que hacía tiempo que no le veía. Llena de entusiasmo, empezó a hacerme preguntas. «¿A ti también te llevaron?», «¿Tú también tuviste que meterte en el ascensor?», «¿Te llevó un hombre o una mujer?», «¿Qué contestaste tú? ¿También te lo repitieron al final? ¡¿A que tuvo gracia?!». ¡A Sanne se le había abierto el corazón! No se había quitado los auriculares ni se había quedado esperando a oscuras a que aquello terminara: había descubierto una parte nueva de sí misma y estaba radiante.

Yo no. Sé que no es lo que esperabas oír, pero para mí la experiencia había sido distinta. Llevaba años esperando esta visita y me había imaginado de todo sobre lo que iba a vivir, pero no se había cumplido nada de eso. Había caído en la trampa de las expectativas. No había entrado con la mente abierta y, claro, por eso la experiencia nunca habría podido estar a la altura de lo que esperaba. ¡Qué tonto! Además, me había pasado el rato preocupado por Sanne. Sin motivo, según se vio después, pero bueno.

Por suerte, aún nos quedaban tres oportunidades.

ARCADE

Cuando, tras un cuarto de hora pelándonos de frío, entramos en el segundo contenedor de Darkfield, nos encontramos con una larga fila de máquinas arcade. Ya sabes, esos muebles enormes de los salones recreativos en los que puedes jugar a juegos de los de antes, como Pong, Pac-Man o Prince of Persia. Por suerte, esta vez estaba al lado de Sanne. Eso me daba seguridad. Al menos ya no tenía que preocuparme por ella y, además, había aprendido a dejar fuera mis expectativas y a centrarme en lo que iba a pasar.

También esta vez me pusieron unos auriculares. Se apagó la luz y me pidieron que examinara la máquina arcade con las manos, a tientas. Noté una ranura en la que cabía una moneda. Debajo, una bandejita, sin moneda. Justo delante de mí había un botón. Si lo pulsaba, mi respuesta sería «sí». Si no lo pulsaba, significaba «no».

De nuevo conocí a los personajes de la aventura. Esta vez era un western y yo me llamaba Milk. Me hacían preguntas y yo podía contestarlas con el botón. Al cabo de un rato cayó una moneda en la bandejita y pude elegir entre echarla en la ranura a cambio de un revólver con una sola bala, o no hacerlo. No lo hice. Poco después me ofrecieron la misma elección, pero esta vez mi moneda valía un revólver y una caja entera de balas. ¡Eso sí era un buen trato! Me di cuenta de que las respuestas que daba con el botón y los momentos en los que usaba mis monedas influían en la historia y, con la decepción de la experiencia anterior todavía fresca en la memoria, decidí ir a por todas. Usé el revólver para quitar de en medio a un político corrupto, me besé apasionadamente con una mujer (perdona, Sanne) y, en el final, maté de un tiro a un niño inocente. Uf.

Se encendieron las luces. El botón de Sanne había desaparecido. El mío no, así que la acusé de haber apretado demasiado fuerte y le solté que hay que tratar las cosas con respeto (una vieja herida de mi experiencia con jugadores vándalos que destrozan mis escape rooms), hasta que vi que a más o menos la mitad de las máquinas arcade ya no les quedaba botón. Esos jugadores habían tomado otras decisiones, habían vivido otra aventura, y el resultado era que su botón había desaparecido. Yo había matado a un niño; ¿qué barbaridades habrían hecho ellos para que les quitaran la libertad de elegir?

Sanne volvía a tener los ojos brillantes. Ella no había matado al niño: se lo había llevado a la tienda de chucherías. ¿La mujer a la que yo había besado? Sanne se había acostado con ella.

FLIGHT

Este era el contenedor de Darkfield que más respeto le daba a Sanne. En el coche ya se marea si no conduce ella, y en FLIGHT los asientos se iban a mover…

En cuanto entramos, olvidamos que estábamos dentro de un contenedor marítimo. Estábamos en un avión. Un avión de verdad. Nos sentamos (por suerte, otra vez juntos), nos pusimos los auriculares, ya por pura rutina, y nos abrochamos los cinturones.

En la pantalla apareció una azafata, o debería decir «dos» azafatas que se iban turnando, con algún que otro fallo técnico de por medio. Y es que FLIGHT resultó ser una aventura con distintos escenarios posibles. Uno en el que el avión se estrellaba y (por suerte) cientos en los que aterrizábamos sanos y salvos. Había un problema: esta vez no podíamos influir en la historia. Ni botón, ni micrófono, nada. No podíamos hacer otra cosa que entregarnos a la oscuridad y confiar en que el piloto supiera lo que hacía.

Fueron 20 minutos intensos a oscuras y me imagino perfectamente que, después de esta experiencia, haya gente que no vuelva a atreverse a subir a un avión en su vida, ¡pero a mí me pareció una pasada!

Precisamente porque no tenía que tomar decisiones y podía dejarme llevar por lo que me iba pasando, esta fue la aventura de Darkfield en la que más olvidé que no era real. Hasta me daba ya un poco de reparo el vuelo real de regreso a casa, dos días después. A Sanne esta fue la que menos le gustó de las cuatro. No porque se hubiera mareado (no se mareó), sino porque no había podido tomar decisiones ni influir en la historia, en su destino. Las personas somos distintas. Cada cual vive las cosas a su manera. Imagínate ser diseñador de experiencias y tener que darle a todo el mundo la misma experiencia. Suerte con eso…

COMA

La última de las cuatro. Había programado este espectáculo de Darkfield a propósito después de FLIGHT, para que Sanne, si llegaba a marearse, pudiera recuperarse un poco aquí. La otra cara de la moneda era que el tema de esta experiencia sí que me preocupaba un poco, pero bueno, las puertas ya se habían cerrado detrás de nosotros. Ya no había vuelta atrás.

Estábamos en un centro de investigación. A izquierda y derecha había largas filas de literas de tres pisos. No sin esfuerzo, metí mi largo cuerpo en un hueco y apoyé la cabeza en la almohada de polipiel, bien limpia. Sanne se había metido en una cama frente a la mía, pero como estábamos tumbados, no podíamos vernos. Me puse los auriculares y enseguida me dijeron que aún tenía que tomarme la pastilla. Se encendió una lucecita roja en una pequeña bandeja de acero inoxidable colgada de la pared. Dentro había una pastilla. Una pastilla bastante grande. A veces hay que fiarse de la gente sin más, pero imagínate que lo que había en esa bandejita no fuera un placebo. Qué demonios, pensé. Me eché la pastilla al fondo de la garganta y para dentro.

No sé cuánto tiempo estuve allí tumbado ni si estuve despierto todo el rato, pero cuando volvió a encenderse la luz sentí como si despertara de un sueño de lo más real.

Creo que esta última experiencia fue la que más se acercó a lo que esperaba cuando entré en el primer contenedor de Darkfield del día. Aunque sabía que lo que oía no era más que sonido, sentía que había alguien conmigo en la habitación. Parecía de verdad. Me había entregado del todo a la experiencia y, aunque solo fuera un instante, me había olvidado por completo de mí mismo.

Veredicto final

Ah, sí, ahora toca contarte fríamente qué me pareció mi experiencia en Darkfield. Dar mi opinión. Ponerme bien crítico.

Pues no, esta vez no me da la gana. ¿Fue esta experiencia lo que esperaba? No. ¿Fue culpa de la experiencia? No. Esa es la mayor lección que he aprendido aquí (otra vez). Cada experiencia es personal. A Sanne la que más le llegó fue EULOGY. A mí, la que menos. A mí la que más me impresionó fue FLIGHT. A Sanne, precisamente esa no. Los dos nos abrimos en momentos distintos, y también nos cerramos y nos volvimos a abrir en momentos distintos. A veces juntos, a la vez; a veces cada uno a su manera. Igual que en la vida. Todos hacemos nuestro propio viaje. Y eso es precisamente lo bonito.

Gracias, Darkfield.

 

Darkfield ya se ha ido de Londres, rumbo a nuevos destinos lejanos, pero seguro que algún día vuelve. Quizá incluso más cerca de casa. Si quieres estar al tanto, esta es su web: www.darkfield.org

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