Una mano levanta una tabla suelta del suelo

Blog Step into the DarkVerse

El diablo en la cajita

Gijs Geers 9 min de lectura

¿Qué es la libertad? ¿Todavía es posible escapar?

De un escape room hay que escapar, eso lo sabe todo el mundo. Pero ¿seguimos sabiendo lo que significa la verdadera libertad?

En DarkPark tenemos un grupo de WhatsApp para el personal en el que podemos compartir todo tipo de cosas sobre los escape rooms. ¡Superpráctico!

Desde hace años hay en nuestro equipo una persona sin smartphone. Una chica joven que elige llevar encima un Nokia de los de antes para poder llamar, y nada más. Así que tampoco está en nuestro grupo de WhatsApp, y eso a veces resulta bastante poco práctico, pero en el fondo, en secreto, le tengo envidia. Tiene el valor de no dejarse arrastrar por la vorágine en la que, como humanidad, nos hemos dejado atrapar sin darnos cuenta. No tiene WhatsApp, ni redes sociales, ni NU.nl, ni Netflix, ni correo electrónico, ni juegos adictivos en el móvil. Puede llamar, y con eso le basta.

La ilusión de estar conectados

Cuando era joven, mi madre me enseñó que era importante seguir las noticias. «Hay que estar un poco al tanto de lo que pasa en el mundo». Quizá antes sí era así, cuando solo existían los periódicos y cada hora había un informativo de 10 minutos como mucho. Pero hoy las noticias están por todas partes. Ya no hay forma de esquivarlas. A veces me pregunto si es sano que, a cualquier hora del día, te pongan delante todas las desgracias del mundo. Por lo menos, en mi caso noto que, en cuanto empiezo a hacer scroll por webs de noticias o por las redes sociales, a los pocos minutos se me instala en la cabeza una especie de desánimo.

Mi sueño

Siempre he sido un soñador y, si vas a soñar, ¡sueña a lo grande! Quizá algún día abra de verdad ese parque de atracciones con el que llevo fantaseando toda la vida, o quizá un día descubra que precisamente soltar algunas cosas es lo que trae esa sensación de libertad y felicidad que yo (y, creo, todo el mundo) ando buscando. También eso es una forma de soñar a lo grande.

Para DarkPark también tengo grandes sueños. Escape rooms que provoquen una transformación de verdad, en los que entras siendo otra persona y sales siendo tú. Quiero ir más allá de hacerte olvidar durante una horita los agobios del día a día. Quiero ayudarte a descubrir tu propia fuerza. Igual que un buen libro puede darte una revelación que, de repente, le da un nuevo rumbo a toda tu vida, o que una película, una buena conversación o una pieza musical preciosa pueden llegarte a lo más hondo del alma y hacer que de pronto lo veas todo con otros ojos. Eso es lo que intento hacer yo con los escape rooms que diseño en DarkPark, y te puedo decir que no es un viaje fácil, pero cuando veo lo que significa para algunas personas, ¡todo el dolor, la frustración y los reveses merecen con creces la pena!

El muro

¿Dolor, frustración y reveses? Sí, por desgracia, eso también forma parte del camino cuando intentas provocar un cambio de verdad. No todo el mundo está preparado para librar la batalla consigo mismo. Mucha gente se ha construido un muro a su alrededor, detrás del cual se siente a salvo. Lo trágico es que es precisamente ese muro lo que les impide ser felices de verdad. Viven, sin saberlo, como una especie de zombis en un mundo que no ayuda a procesar el dolor, sino que solo ayuda a poner más ladrillos en el muro. Redes sociales, publicidad, odio en internet y noticias negativas sobre un mundo que se precipita cada vez más rápido hacia el abismo. En realidad, se ha vuelto casi imposible ser «feliz sin más». No es de extrañar que tanta gente haya decidido quedarse a salvo detrás de su muro.

La vida es un escape room

Y entonces, de repente, aparece un tipo que intenta derribar ese muro, cuando tú solo querías venir a jugar un ratito a un escape room. Pues qué bien.

Pero si vas a soñar, ¡sueña a lo grande! Así que, contra toda lógica, sigo intentando mostrar a la gente que la falsa realidad que se ha construido no es, en el fondo, la vida de verdad. Ayudo con cariño a derribar ese muro ladrillo a ladrillo, pero a veces eso viene acompañado de dolor y miedo, y no todo el mundo se atreve a enfrentarse a ello. Entonces, a veces, recibo críticas o malas reseñas, pero eso no me impide seguir intentando construir cosas nuevas. Para ayudar a la gente a descubrir una parte nueva de sí misma. Para que, sencillamente, vuelva a ser feliz.

¿No sería precioso? ¡Que todos estuviéramos sencillamente contentos y felices! Sin odio, sin envidia, sin reproches ni celos. Simplemente ser felices, juntos.

El diablo en el bolsillo

Y así volvemos a ese teléfono. Ese Nokia sencillo de mi fiel compañera de equipo y ese iPhone supersónico que llevo yo encima. Ese iPhone que me da acceso al mundo entero y que debería ser la puerta a una vida rica y plena, pero que, sin que me diera cuenta, ha dejado entrar al diablo en mi vida.

Construyo mis escape rooms con sangre, sudor y lágrimas para hacer un poquito más bonita la vida de otras personas (contra toda lógica) y, mientras tanto, llevo encima un aparato que me impide darlo todo, que hace todo lo posible (él, o ella, ni idea de si mi iPhone es niño o niña) por frenarme, por distraerme de lo que de verdad importa, por hacerme (profundamente) infeliz.

Yo también soy demasiado cobarde para deshacerme de ese trasto sin más. Para elegir la felicidad, la libertad.

El primer intento de fuga

Hace unos meses di un primer pasito. Borré la app de correo de mi iPhone. No me di tiempo para pensármelo, porque entonces me habría convencido de no hacerlo, así que lo hice sin más. Zas. Adiós, app. Estaba muerto de miedo de dejar de estar localizable. De dejar de tener acceso las 24 horas del día a todo lo que a cualquiera se le ocurriera lanzarme a la cabeza. De que el mundo siguiera girando sin mí.

Pero no pasó. La vida siguió como si nada. Por supuesto, seguía teniendo el correo en el portátil, pero por lo menos no lo llevaba encima todo el día.

A por más

Tras el éxito de este experimento, decidí ir un paso más allá y salirme de todos los grupos de WhatsApp en los que estaba. De todos, de verdad. Solo conversaciones de tú a tú y nada de grupos en los que se compartieran todo el día las cosas más irrelevantes. Se acabaron los vídeos de gatos, las madres del equipo de fútbol que no estaban de acuerdo con cómo se habían hecho los equipos nuevos, las respuestas tontorronas y con pretensiones de gracia a respuestas a respuestas. Calma. Este paso resultó ser bastante más grande que borrar la app de correo. De repente ya no me enteraba de todo, ya no me invitaban a los planes en grupo, ¡pero lo que gané a cambio era muchísimo más valioso!

Antes todo era mejor

A veces me pregunto cómo diablos conseguía la gente pasar el día en la época anterior a la invención del smartphone. ¿Qué hacía esa gente todo el día? ¿No era la vida aburridísima?

Pues no. La gente jugaba, conversaba, se escribía cartas, leía libros, ponía música y se sentaba en un sillón a escucharla con toda su atención, salía a pasear y a tomarse un helado por el centro, se perdía en sus pensamientos y así dejaba descansar el cerebro, hacía el amor sin distraerse a cada rato con ese trasto que pitaba en la mesilla de noche.

Antes todo era mejor. Bueno… en este caso, puede que sí.

El último enemigo

Así anduve un tiempo por la vida sin correo ni grupos de WhatsApp en el bolsillo, y me sentaba de maravilla. Pero, aun así, ese trasto seguía teniendo demasiado poder sobre mí. Cuando construyes un escape room, a veces toca esperar un poco. En esos ratos notaba que mi atención se iba directa al bolsillo derecho del pantalón. Que mi mano derecha, como si tuviera una gomita atada, se veía arrastrada automáticamente hacia allí para coger esa cajita negra, solo para llenar ese minuto, y antes de darme cuenta había pasado una hora y yo seguía ahí de pie, haciendo scroll como un zombi. Una hora entera perdida, ¿y qué había hecho? Ni idea, esa hora se había esfumado sin más. Sin aprender nada, sin crear nada, sin aportar nada a este mundo; solo pasando pantallas sin pensar entre desgracias o entre las vidas supuestamente perfectas de los demás.

Hacía falta una medida más drástica para recuperar de verdad el control de mi vida. Solo con fuerza de voluntad no lo conseguía: ese cacharro era demasiado listo, sabía demasiado bien cómo seducirme. Tenía que amordazarlo.

Eliminar la tentación

Empecé por los juegos. Al desaparecer el correo y los grupos de WhatsApp, se había creado un vacío, y mi cajita negra me había convencido de llenar ese hueco con juegos de puzles. Al fin y al cabo, tenían algo en común con los escape rooms, así que no era tan grave. ¡ERROR! ¡Igual de grave! Igual de adictivos. Tenían que desaparecer, y me deshice de ellos. Eran muchos, así que me costó toda mi fuerza de voluntad retorcerles uno a uno el pescuecito digital mientras me miraban con sus ojitos cuadrados suplicantes, pero no me rendí.

No cambió nada. No los eché de menos ni un segundo. Increíble. Se hizo la calma en mi cabeza. La goma entre mi mano derecha y el bolsillo se aflojó, pero todavía quedaba un gran enemigo por derrotar. ¡TikTok!

El jefe final

«Borrar TikTok tampoco es tan difícil, ¿no?», te oigo decir. «¿Y qué hacías tú en TikTok, para empezar?». Quizá te sorprenda, pero TikTok es más que bailecitos absurdos, vídeos de gatos, gente que se cae de morros, trucos que no funcionan y bromas que no tienen gracia. Seguía a un monje con túnica naranja que, en un templo tailandés, se pasaba el rato sin decir nada, pero cuando decía algo, era bastante sabio. Seguía a emprendedores que habían conseguido lo que yo quiero conseguir y que estaban dispuestos a compartir sus secretos sin que antes tuvieras que comprarles su programa online. Seguía a mujeres sabias que se hacían las mismas preguntas que yo, pero que ya habían encontrado respuestas (seguramente porque ellas sí tenían un Nokia en lugar de un iPhone). Mi feed estaba montado para convertirme en alguien más sabio, pero, curiosamente, eso no llegó a pasar.

Así que TikTok tenía los días contados. ¿De verdad iba a hacerlo? Qué demonios, sí, ¡hazlo sin más! Y lo hice.

Concentración y libertad

Fue al principio de mis vacaciones, hace ahora una semana. En esa semana me he leído dos libros. En vacaciones anteriores siempre me llevaba unos 3 libros y todavía más buenas intenciones, pero nunca había conseguido leerlos de verdad. Esos libros siempre volvían sin abrir y mi iPhone sonreía con malicia. ¡Y ahora, de repente, me he leído dos!

Esta historia todavía no tiene final. Aún no sé cómo seguirá. El último enemigo en mi camino es Instagram, pero esa app la uso para comunicarme con los fans de nuestros escape rooms. Espero encontrar algún día una solución también para eso. En cualquier caso, la calma en mi cabeza es una maravilla. Así debía de sentirse la gente antes de que existieran los smartphones. Tengo la mente centrada y siento que podría mover montañas. Quizá pronto vuelva a jugar a un escape room, que ya hace demasiado tiempo. Que venga la vida real.

¡Hola, mundo!

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