Una llave cuelga de la cerradura de una puerta turquesa

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Escape rooms: la llave hacia una realidad alternativa

Gijs Geers 6 min de lectura

¿Qué es real?

Los escape rooms no son reales, aunque a veces lo parezcan. Si es un buen escape room, te olvidas del mundo real, de tus preocupaciones, de la rutina diaria, y te sumerges por completo en una verdad alternativa. Cuando eso ocurre, es pura magia. Por un ratito, creíste en un cuento de hadas. Te olvidaste de la realidad.

Hace ya años aprendí que no podía construir escape rooms y, además, encargarme yo mismo de llevar las partidas. Al principio me costó bastante dejar en manos del personal mis obras de arte, construidas con tanto mimo, dejar a mi «bebé» en brazos de otra persona, pero hoy en DarkPark tenemos un equipo de amantes de los escape rooms muy implicados y con muchísima experiencia, a quienes puedo confiar con total tranquilidad el cuidado de lo que he ideado.

Así que hace años que yo ya no llevo partidas, pero a algunos visitantes les da pena, y lo entiendo. Al fin y al cabo, soy la cara de la empresa. Hace poco me enteré de que hay visitantes que incluso preguntan dónde estoy cuando vienen a jugar a un escape room. Lo que mi personal responde siempre a eso es tan desternillante como inquietante.

«¿Gijs? Está con una camisa de fuerza, encerrado en algún psiquiátrico». Eso es, por lo visto, lo que mi personal les dice a nuestros visitantes. ¡Pues qué bonito! Te pasas día tras día construyendo algo con lo que esperas regalar a la gente una experiencia especial, y te tachan de maníaco trastornado al que hay que proteger de sí mismo. Y eso que hace un momento estaba presumiendo de lo implicados y profesionales que son los miembros de mi equipo.

Mente enferma

¿O tienen razón? Cuando todavía llevaba yo las partidas, hace años, había visitantes que comentaban que había que tener una mente realmente enferma para inventarse todas las atrocidades de mis escape rooms. ¿Tendrían razón? ¿Será que mi sitio está en un psiquiátrico?

A veces, y aquí sí que me voy a poner profundo de verdad (otra vez esa mente enferma), me imagino que el mundo es una simulación por ordenador. Un experimento, quizá incluso un juego. Imagínate que todos los recuerdos que tienes los escribió un programador hace solo unos minutos. Todo lo que tienes la certeza de haber vivido, en realidad, se acaba de subir a tu chip interno, y por eso crees que tienes toda una vida a tus espaldas. En realidad, el ordenador se acaba de encender y te toca a ti cumplir una misión, terminar el juego. Después, el ordenador se apaga, pero tú ni te enteras. ¿Morirse? Eso es un cuento, no ocurre de verdad. Simplemente, se apaga el ordenador. Los recuerdos que tienes de la muerte están todos programados. Nada de eso ha pasado de verdad.

Eh, ya te avisé de que nos íbamos a poner profundos.

¿Una simulación?

«Pero si en mi cabeza no hay ningún chip al que se suba todo lo que creo que es verdad».

¿Y cómo lo sabes con tanta seguridad? ¿Alguna vez has mirado dentro de tu propia cabeza? ¿Alguna vez has cogido un cuchillo y te has abierto el cráneo para ver si de verdad hay un cerebro ahí dentro y no piezas de ordenador? Sí, quizá lo hayas visto en otros, o lo hayas leído, oído o visto en una película, pero ¿quién dice que esos recuerdos son reales? A lo mejor eso también te lo han subido al cerebro.

No te preocupes, que en realidad no me lo creo, ¿eh? No voy a abrirme el cráneo (ni el de nadie más) con un cuchillo para ver si hay un cerebro dentro. Deja la camisa de fuerza en el armario un ratito más.

Pero imagínatelo. En teoría podría ser. Imagínate que vivimos en una simulación. A lo mejor tú ni siquiera eres el personaje principal, Super Mario. A lo mejor solo eres alguien que pasa por ahí, una de esas setas con patitas que van por ahí paseando. Aun así, todo tiene que cuadrar. Tienes que creer que eres el personaje principal para que, cuando el verdadero protagonista se cruce contigo, ninguno de los dos se dé cuenta de que no es más que un juego, un mundo artificial recién creado que quizá apaguen dentro de nada. Todo el que anda por aquí tiene que pensar que es el centro de la simulación y no puede darse cuenta de que nada de esto es real. Así que tiene que ser una simulación perfecta, para todo el que esté dentro. Personajes principales y secundarios.

El mundo real

Volvamos un momento al aquí y ahora, al mundo real. A la realidad.

Todo lo que acabo de describir es inventado. Sale de mi «mente enferma». Pero sí que podría ser verdad. ¿Cómo podrías llegar a saberlo si todo aquello en lo que creemos no fuera más que una invención? Una realidad alternativa construida de forma brillante. Con el auge vertiginoso de la IA, algo así ya no es impensable. Hoy ya cuesta a veces distinguir entre una foto real y una hecha con IA. Imagínate cómo será dentro de unos años. Puede que llegue a ser posible subir a personas a la nube. ¿Llegaremos a vivir algún día en un mundo que no es real sin saberlo? ¿Y quién nos puede asegurar que no está pasando ya?

¿Importa?

Así que la pregunta que queda es: «¿importa?». Si no sabes si la verdad en la que crees es de verdad la verdad, ¿qué más da que sea cierta? Para ti es verdad, ¿no basta con eso?

Pero si da igual que el mundo en el que vivimos sea real o una simulación por ordenador, entonces queda otra pregunta: «¿qué realidad nos hace más felices?».

¿Y si mañana se acaba todo?

Supongamos que no hay ninguna razón para nuestra existencia en la Tierra. Supongamos que todo aquello en lo que creemos resulta no ser verdad. Supongamos que mañana, de repente, pueden apagar el ordenador. ¿Qué harías? ¿Qué limitaciones que te has impuesto desaparecerían de golpe? Si supieras que mañana van a apagar el ordenador, ¿irías hoy a trabajar para ganar dinero con el que pagar esa casa carísima? ¿Seguirías discutiendo con tu pareja por las cosas que ahora tanto te sacan de quicio? ¿Seguirías preocupándote por el futuro de tus hijos? ¿O simplemente te pondrías a disfrutar de la vida? ¿A hacer de ese día algo precioso? ¿A jugar a un escape room, a hacerle un cumplido a alguien, a declarar tu amor, a bailar por la calle?

Quizá mañana sí

«Pero mañana no van a apagar el ordenador, Gijs. Tengo que ganar dinero sí o sí para poder pagar mi casa carísima y, si me pongo a bailar por la calle, los vecinos se van a reír de mí el resto de mi vida».

Pero no lo sabes seguro. Puede que mañana el ordenador sí se apague. Puede que todo aquello en lo que creemos no sea verdad en absoluto. Todavía me pasa a menudo descubrir que cosas de las que he estado firmemente convencido toda mi vida resultan ser una auténtica tontería. Y cuando suelto una de esas «verdades», me da libertad. Un peso menos sobre mis hombros. Una cosa más en la que ya no tengo que creer.

Bailando por la vida, ¿a quién le importa lo que piensen los vecinos? A ellos también los acaban de cargar desde la nube. ¿Qué sabrán ellos?

Libertad en cualquier realidad

Si el mundo es una simulación, somos libres de hacer y creer lo que queramos. Total, da todo igual. Y, por cierto, eso también vale si el mundo no es una simulación.

¿O ha vuelto a hablar mi mente enferma? Quizá lo que me toca es una camisa de fuerza. Quizá sea mejor que me encierren en un manicomio. A mí me da igual. Total, nada de esto es real.

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